jueves, 15 de julio de 2010

impresiones de Bruxelas

Y, por último, las impresiones de Bruxelas. O, más bien, de Amberes.

A mi paso por Bélgica, yo me he quedado en
Bruxelas y confieso que esta ciudad me sorprendió mucho por su belleza (la Grand Place es majestuosa), por su multiculturalidad (ir hasta el Parlamento Europeo y comer allí es como entrar en una Torre de Babel), por su clima (no es tan malo como dicen, ¡es peor!, durante dos días no paró de llover ni un segundo), por su gastronomía (no sólo las mules, las patatas fritas y las gofres son deliciosas, los platos típicos salados también lo son) y por sus hombres (los belgas han sido los más guapos que he visto en todo el viaje, con sus cargos europeos y sus trajes a medida), pero de moda va a ser que las/los bruselenses no entienden mucho. Hay un boulevard donde se encuentran tiendas de marcas importantes, pero la gente de la ciudad no parece hacerse eco de lo que se vende allí. Sin embargo, hubo otra ciudad no muy lejos de allí que sí captó mi mirada de periodista de moda.

Amberes para los abalones o Antuerpia para los flamencos es exactamente lo que esta dualidad de nombres deja antever; una ciudad entre dos mundos. ¡Y se beneficia con eso!

Aquí tiene sede una de las escuelas de diseño de moda más conocidas en Europa (
Royal Academy of Fine Arts) y, recurriendo las calles de la ciudad, se entiende por qué. Amberes es una fuente de inspiración y las influencias se pueden ver por todas partes, pero principalmente en los escaparates.

En los últimos años
Amberes se ha ido ganando fama como destino para shopping y por eso tiene que estar a la altura. Los escaparatistas sienten constantemente la necesidad de crear nuevos y cada vez más complicados espacios y, en la mayoría de los casos, dejan que la decoración que se ve desde la calle se prolongue hacía el interior de la tienda, creando espacios únicos. En muchos locales he visto una deconstrucción del concepto de tienda y, a menudo, sentía que había entrado por equivocación en un café o anticuario.

Me acuerdo por ejemplo de una tienda con escaparates enormes, de unos 4 por 7 metros, a los dos lados de la puerta, y donde habían llenado todo el espacio que tocaba el cristal con máquinas de coser antiguas.
Singer, Lada… Una sucesión de preciosidades que harían prever que se trataba de una tienda de antigüedades más que de una tienda de ropa.

Otra parecía un taller de patronaje. De las ventanas colgaban tiras de cinta, telas, patrones. Sobre las mesas regulas y botones desemparejados. Dentro, (¡sorpresa!) había ropa para venta.

El escaparate que podéis ver en la foto es mi favorito. Si no fuera por los maniquís una pensaría que se trataba de un restaurante de
fast-food. Las cajas de hamburguesas para llevar que se pueden ver en el interior completan el cuadro gastronómico del escaparate y contrastan completamente con la ropa que vendían. Muy deportiva, nada conceptual.

Como tampoco es conceptual la moda que venden en la mayoría de las tiendas en esta ciudad. La ropa es comercial, lo que cambia es la manera de venderla. El
twist que dan a sus escaparates los señores de la moda de Amberes les da fama y provecho, pero no es garantía de calidad en las creaciones. ¡No se puede tener todo!

2 comentarios:

  1. Gracias por aclarar lo del bratwurst con el maniquí! pedazo de comercial debía ser el escaparatista que consiguió venderles la idea a los de la tienda... (pero sí que es original :D)

    Voy a tener que conseguir un iPhone para estar al día de tus posts que hasta la mañana siguiente... nada de nada!!!

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  2. sí! pero ahí es muy fácil venderles esa idea, porque todos los escaparates tienen un punto... y para probarlo tengo más fotos de escaparates locos que no puse ni aquí ni en facebook.

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